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sábado, 5 de noviembre de 2016

Los caragachas





Los caragachas




Caragacha: Dícese de la postura que adoptan los individuos que miran sus dispositivos móviles aislándoles de la realidad. (De la unión y apócope  de “cara” y “agachada”).
La gente se agolpaba delante de la puerta de la casa. La mujer gritaba, lloraba, se desesperaba mientras la policía intentaba cumplir con su trabajo: echar de su casa a la mujer y a sus dos hijos pequeños, tan pequeños que ambos cabían debajo de un cesto. Y los de asuntos sociales también se encontraban allí, para llevarse a los niños con ellos a un centro de menores.

Todo comenzó cuando una crisis económica terrible había asolado la zona, de tal manera que si entraba un sueldo en una casa aunque fuera bajo, era motivo de felicidad, la justa para ir tirando. 
Sin embargo, a pesar de los problemas económicos que afectaban a todos, las tecnologías móviles se extendían cual virus por todo el planeta, y eso había traído mucho dolor a la sociedad, tanta, que la mujer vio irse a sus hijos y echó a correr tras el coche, pero, al comprender que los había perdido, decidió arrojarse por un una pasarela cercana. Nada se pudo hacer por ella. Pobre.

Un año antes, la mujer y su marido viajaban en moto por una de esas carreteras secundarias de la España profunda, cuando un coche pilotado por un joven distraído, chocó con ellos frontalmente. 
El marido falleció en el acto y la mujer fue ingresada con graves heridas, de las que tardó meses en recuperarse. Pero los problemas no habían hecho más que comenzar: la única entrada de dinero llegaba a través del trabajo de su marido, con el que ya no podría contar, y ella no encontraba nada desde hacía años. 
Como consecuencia de esa situación, la joven mujer y sus hijos habían dejado de pagar la hipoteca, y aquel día iban a desahuciarlos, y, de rebote, a perder la custodia de los pequeños. Su vida dejó de tener sentido, ni siquiera se planteó luchar por recuperarlos, pues su situación, sin familia ni amigos influyentes, la abocaba a una vida sin techo. 

El banco no podía esperar, qué penita dan los bancos, tan pobres ellos, que no pueden sobrevivir sin su puntual cuota mensual sacada del sudor ajeno, recibos hijos de la usura y el dolor, la privación y las ilusiones logradas a duras penas. La vida al día, al borde de la exclusión, sustento obtenido del lomo esclavizado en que se convirtió la vida del proletario.
En el juicio del accidente algo llamó la atención de los medios de comunicación estatales: el joven del coche iba interactuando con su móvil mientras conducía.
Los caragachas cuestan vidas por su adicción malsana y nunca admitida.
La ruina no de algunos, como de esta familia de ficción, sino de muchos y en la vida real, lágrimas tecnológicas, ojos ahogados en llanto.

Sois una terrible desgracia para la sociedad, hijos de la manipulación, la inmadurez y la impaciencia.


Dedicado al individuo que casi nos mata hace poco más de un mes cuando viajábamos en nuestra moto, mientras como típico caragacha iba mirando a su interesante y muy importante pantallita en vez de a la carretera en una vía comarcal, y que invadió nuestro carril a la salida de un cambio de rasante que terminaba en curva. Todavía me invaden sudores fríos, no de ficción, sino reales. Aquel día nacimos de nuevo. 

Desde entonces mi móvil se ha convertido en un mero instrumento de uso esporádico, no en un fin en sí mismo. Lo que debería ser. Y punto.
Nada es más importante que la vida.




Los caragachas de Susana Villar està subjecta a una llicència de Reconeixement 4.0 Internacional de Creative Commons




viernes, 28 de octubre de 2016

Nuela, la de las flores





Nuela, la de las flores



Iba una mujer paseando con su nieto de seis años por la parte antigua de la ciudad. El niño se fijó en un nuevo elemento que habían instalado en medio de la plaza del Ayuntamiento. Se trataba de un grupo escultórico de bronce que representaba a una anciana rodeada de niñas a las que ofrecía flores. El niño se paró a mirar el grupo escultórico, sin saber bien qué significaba. La abuela le secundó, esperando una pregunta inteligente de su nieto.

-¿Quiénes son estas personas, abu?
-Son Manuela Gonzálvez y unas niñas. Detrás de esas esculturas hay una historia, ven, vayamos a ese banco a sentarnos un rato y te la contaré.
El niño obedeció encantado, adoraba que los mayores le contasen historias. Se sentaron, y la abuela comenzó a hablar.
-Manuela nació aquí en nuestra ciudad, en una familia muy sencilla, sin casi posibles, pues su padre era zapatero remendón y su madre limpiaba casas. Entre los dos míseros sueldos apenas hacían uno de la época. Hablamos de 1941, en plena posguerra. El hambre era una constante sobre todo en las ciudades. Aquí no fue distinto. Muchas familias lo estaban pasando mal, aunque la de Manuela resistía. Sin embargo, un mal día la desgracia llamó a su puerta: su padre fue atropellado por un tranvía y falleció. Y con él se esfumaba la entrada de dinero más importante en la casa, por lo que Nuela como la conocían en el barrio, que por entonces tenía doce años, tuvo que dejar el colegio y ponerse a trabajar. La florista del barrio se apiadó de ella y la contrató para vender ramitos de flores por la calle y ayudar así al negocio también lejos de la tienda. Nuela vendía mucho y bien los ramitos de flores de diferentes tipos a los viandantes que se encontraba por la zona antigua, y la dueña de la floristería estaba muy contenta con ella. Normalmente vendía tres cestas grandes de ramitos al día, lo que estaba muy bien, pensando en que la carestía de la posguerra alcanzaba a casi todo el mundo que con ella se cruzaba cada día por la calle. 

Una de aquellas jornadas en las que el mal tiempo dominaba la vida cotidiana, Nuela avanzaba con dificultad, pero no cejaba en su empeño, y a cada persona que veía ofrecía su mercancía. Entonces vio a unas niñas llorando y les preguntó qué les pasaba. Las niñas, que eran cuatro y la mayor tenía ocho años, le dijeron que su madre estaba muy enferma pero que no tenían dinero para pagar los medicamentos que podían curarla. Nuela se apiadó de ellas, y las acompañó a su casa, que se encontraba cerca. Se trataba de un piso desvencijado con las ventanas rotas, pero limpio y ordenado en su pobreza. La madre yacía en su cama. Una de las niñas se acercó para decirle que tenían una visita. Nuela se acercó con respeto y ofreció un ramo a la madre.
-No puedo pagárselo, pero gracias.
-No me ha entendido. Le regalo este ramo. Lo pondré en ese jarrón. Ahora tengo que irme, pero regresaré con ayuda.

Le tocó la frente y ardía. Se despidió y salió de allí rápidamente. Si se daba prisa igual podía encontrar la farmacia abierta. Al cabo de un rato regresó a casa de la enferma y dejó sobre la mesa una bolsa de papel con la medicación que le había sugerido el farmacéutico. También dejó un paquetito de pasteles que pensaba que les iba a ayudar a quitar el hambre aquella noche. Se dio cuenta de que había gastado el dinero que había conseguido vendiendo flores en aquel acto de amor al prójimo. Entonces tuvo miedo y decidió que la floristera no supiese lo que había ocurrido con su dinero. Resolvió buscarse la vida para que al regresar a la tienda la jefa no sospechase nada. No se le ocurría cómo arreglarlo, cuando se le encendió la bombilla. Haría algo distinto que tal vez le ayudaría a salir del paso. Se acercó al museo más importante de la ciudad, y, una vez situada al lado de la puerta principal comenzó a cantar, dando grandes voces, no entonaba bien, y su voz carecía de todo matiz. Resultaba desagradable escucharla y cualquiera hubiera dado cualquier cosa porque aquella criatura hubiese cerrado la boca. Sus voces llamaron la atención de la policía, que la detuvo al instante, pues existía una ley que prohibía mendigar. Pero, cuando se la llevaban, una mujer muy bien vestida que salía de aquel edificio paró la acción de los agentes, que obedecieron sin rechistar.


-¿Quién eres y qué haces aquí? -preguntó la mujer a la niña.
-Me llamo Nuela y necesito dinero para ayudar a una familia que lo está pasando mal.
-¿La tuya?
-No. La mía lo pasa mal, pero menos que otras. Gasté lo que había sacado vendiendo flores para ayudarla, y ahora no sé cómo hacer para reponerlo. La florista se enfadará y me despedirá.
-Se me ocurre algo. Ven. Vamos a esa floristería de ahí enfrente.
Entramos en la tienda de la competencia y la mujer sacó una billetera. Llenó la cesta de ramitos para que Nuela no tuviera que ponerse a cantar, y le dio además unos cuantos billetes que ella guardó agradecida. Nunca supo quién era la mujer que le había ayudado. Ese día Nuela vendió todo el contenido de la cesta de tal modo que cuando regresó a la floristería llevaba todo el dinero y más. Le dio a la florista lo que le correspondía y guardó el resto. Luego fue a casa de la enferma y le dio todos los billetes menos uno, que se guardó para su propia familia. 

-Así podrá pagarse toda la medicación hasta que se cure. Luego se pondrá a trabajar y ya no pasarán más hambre.
Así fue. La madre se repuso, volvió a trabajar y esa familia salió adelante.
Después de ese día la niña ayudaba a todas las familias de los niños que veía pidiendo o llorando por la calle. Buscaba la forma de reponer el dinero, unas veces limpiaba los escaparates de las tiendas a cambio de una propina, otras veces ayudaba a gente mayor a cruzar las calles, otras se ofrecía para limpiar a fondo un negocio a cambio de algo de dinero que servía para reponer el conseguido y gastado en caridad proveniente de la venta de las flores. Hasta descargó mercancías en un puerto seco de camiones cercano, despertando la admiración de los allí presentes por su gran fuerza de voluntad. A todos los que ayudaba les regalaba un ramito. Por eso se le conocía como “Nuela, la de las flores”. Nunca dejó la floristería porque eso le aseguraba un sueldo pequeño con el que poder ayudar. Se apresuraba en vender dos cestos de mañana y uno de tarde de forma apresurada para poder disponer de todo el tiempo libre posible después, porque en esa otra jornada laboral complementaria podía pasar de todo, tanto conseguir el dinero para reponerlo, como todo lo contrario. Pero ella tuvo suerte. Era tan dispuesta y trabajadora, y sus intenciones eran tan sanas, que pasó muchos años ayudando, hasta que las cosas mejoraron y ya no se veía tanta desgracia por las calles. Cuando la floristera falleció le dejó el negocio a ella, que desde entonces ya no necesitaría trabajar en otros lugares para seguir ayudando, entonces iba directamente a las casas de los necesitados y actuaba según cada situación. Les daba dinero, apoyo psicológico y ayuda para encontrar trabajo. Poco a poco se hizo mayor y no hace mucho, apenas cinco años, murió. Entonces toda la gente a la que ayudó con los años y que fue mucha, solicitaron del Ayuntamiento un homenaje a quien lo dio todo por los demás, y erigieron esa escultura tan bonita.


-Es una gran historia, abu. Y esa señora era buena.
-Sí, cariño -dijo ella, sonriendo, sin revelarle que la enferma de la historia era su madre, y que una de las cuatro niñas que lloraban era ella misma-. Ojalá hubiese más como ella. El mundo sería mucho mejor.





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miércoles, 19 de octubre de 2016

Nunca más



NUNCA MÁS
(Inspirado en hechos reales)






-¡Mamá, mamá, ven! ¡Tengo miedo!
-¿Qué ocurre Gabrielito? –contestó la madre apresurada en pos de su hijo pequeño, de apenas cinco años, que lloraba desconsolado.
-Unos señores muy malos querían que tú te murieras.
-¿Qué yo muriera? ¿Y por qué iban a querer eso? Nunca he molestado a nadie, ni tengo deudas con nadie.
-Pues hay tres señores que querían que te pasase algo malo. El primero es como unos que a veces salen en la tele con vestidos negros brillantes hasta los pies y sombreros raros. El que yo vi tiene gafas y está siempre diciendo a otros señores dónde tienen que vivir, si en una casa o en la cárcel.
La madre palideció. Pensó que su niño no se había dado cuenta de los malos tratos ya casi olvidados a que fue sometida por su ex pareja, pero ese sueño evidenciaba otra cosa. Aún así no intervino y dejó que su hijo siguiese hablando.
-Los otros dos son papá y su amigo. Soñé que papá y ese amigo suyo te secuestraban, te llevaban a otro pueblo y allí te tapaban la boca y te ponían una media en la cabeza, después te pegaban. Luego te dejaban tirada en un camino sin ropa. Yo estaba por allí pero no podía ayudarte, porque soy pequeño y porque en ese sueño yo veía lo que pasaba pero no podía meterme.

La joven madre salió llorosa de la habitación. Se apoyó contra la pared mientras una lágrima pugnaba por abandonar sus bellos ojos. Se trataba de la película completa de lo que había sufrido hacía poco tiempo. Aquello había finalizado con la muerte de su ex, propiciada por él mismo en una reyerta por un asunto de drogas, pero la realidad le decía que su hijo sabía mucho, conocía demasiados detalles del caso para su edad. Tal vez necesitase terapia. Lo consultaría.

Se secó las lágrimas, respiró profundamente y entró de nuevo en la habitación del niño. Sea como fuere, debía mostrar fortaleza ante su retoño.
-¿Te sientes mejor ya, hijo? Solo fue una pesadilla, ya ves que estoy aquí, y estoy  bien. Solo fue un mal sueño, mi vida. Trata de dormir –decía ella mientras mecía a su niño y se tragaba las lágrimas.

Dedicado a todas las víctimas de violencia de género, mujeres, hijos y hombres que también sufren este dolor en el que debería ser su refugio y ante las personas que supuestamente deberían amarlas.

Que sirva también como vergüenza y escarnio público de todos los que infligen ese dolor a quienes un día dijeron amar. La sociedad les condena y les aparta. En realidad están solos. Y también para los jueces, para que restauren esa seguridad jurídica que la ciudadanía demanda, para que esta lacra un día sea historia.
Siempre con las víctimas. 




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jueves, 13 de octubre de 2016

Lo que más duele




Lo que más duele






El agobiante ruido cesó. Me había asustado durante mi estancia en aquel lugar oscuro, al que había llegado sin saber cómo. Recordaba un último paseo por el centro comercial antes de salir y tomar aquel atajo hasta el coche. Vi gente que iba y venía absorto en la vorágine consumista de los fines de semana. Después y de repente, nada más, despierto en este sitio que no sé identificar.

Tengo dolores por todo el cuerpo. Estoy tirado en una camilla blanca, atado y amordazado, siento una presión en mi miembro viril que me desagrada, y lo que veo por los alrededores no tranquiliza a mi atribulado espíritu. Se trata de una sala muy grande, no veo el final, que debe estar situada en una nave industrial, pues los techos se elevan muy por encima de lo habitual en casas normales. Las paredes están cubiertas de un alicatado formado por un solo azulejo blanco que se pierde en la lejanía de unas paredes que parecen no tener fin. El suelo es de un material parecido a la cerámica, del mismo blanco impoluto. Lo que llama la atención es la blancura deslumbrante y la rigurosa limpieza que allí se percibe. No hay nada más que la camilla en la que reposo. Ni otro mobiliario, ni ventanas, nada. Solo una gran campana extractora se abre en el techo justo encima de mí.
 
Unas cámaras situadas en cada esquina apuntan hacia mí. Pero hay algo curioso, apuntan hacia mi estómago del que salen unos electrodos conectados por largos cables, los cuales penetran en la pared y se pierden por ella hasta un lugar en el que pasa algo que yo desconozco.

Una de las pantallas que cuelga de una de las esquinas superiores del techo se enciende de repente.

-Buenos días, querido espécimen. No se asuste. Está aquí porque necesitamos gente como usted para conocerla mejor. Nuestra intención es solo científica. Le estudiaremos y luego le devolveremos al lugar del que le tomamos.

Así que, es eso. Soy un espécimen. Me han abducido, pero ¿quiénes? ¿Extraterrestres? Lo dudo. Mi mentalidad materialista niega tal opción. Eso reduce las posibilidades a muy pocas: solo la inteligencia de algún país querría investigarme. No lo entiendo, solo soy entrenador de gimnasio en el que me paso la vida intentando ayudar a que los demás consigan sus metas.

-Espécimen 345F, no piense -dice la pantalla sin rostro-. No trate de contestar a la pregunta que todos se hacen al llegar aquí, o su curiosidad le perderá. Está aquí solo por azar, por su complexión física tan entrenada y su estómago vacío. Nuestros contactos lo vieron y consideraron que es perfecto para realizarle estas pruebas. Nada más.
-Tengo un hambre voraz –dije-, y ganas de ir al lavabo.
-Hágaselo encima, tiene puesta una sonda en su miembro que le ayudará a aliviar esos síntomas. Por los otros no se preocupe, durante su etapa de sueño le pusimos varios enemas que han dejado su intestino limpio.
-¿Mi etapa de sueño? ¿Cuánto tiempo he dormido?
-Dos meses y tres semanas. Le queda una y esta prueba terminará.
-Me… duele el estómago. Me duele mucho. Llevo notándolo desde que desperté aquí.
-Magnífico. Queremos saber hasta dónde puede llegar.
-¿De saber hasta dónde puedo llegar en qué aspecto? ¡Qué dolor, por favor!

-Saber qué ocurre exactamente en un humano adulto que no come. Cuánto tiempo puede estar sin ingerir nada, las molestias que eso causa y así aplicar los sustitutivos que hemos preparado para terminar con los síntomas.
-¡Para terminar con los síntomas dame para comer un buen botillo del Bierzo y verá lo que es reponer fuerzas!
-No conozco ese alimento del que habla. Lo investigaremos. Ahora mismo está usted pasando por la autodigestión, por eso le duele el estómago, porque se está autodigiriendo. Las cámaras no se pierden detalle de su interior para ver la evolución de esa autodigestión.
-¡Pero entonces moriré y con terribles dolores!
-Para eso estamos aquí, para ponerlo en el brete de morir, y nosotros evitarlo. Nuestro supersuero revitalizante lo hará. Le salvará la vida y luego las pruebas seguirán.
-¡No! ¡Me niego a pasar por esto! ¡Déjeme ir ya! ¡En cuanto salga de aquí les denunciaré!
-No nos detendrán, pues no hay un lugar en el que diga que estuvo. Esto no es una nave industrial como su mente cree. Es una nave.

Pierdo el conocimiento. En realidad durante esa conversación, mi consciencia va y viene, supongo que el déficit de nutrientes me está afectando ya. El dolor es insoportable, me retuerzo atado a la camilla. El blanco que me rodea me deslumbra y solo estoy a gusto con los ojos cerrados, comiéndome los terribles dolores que emanan de mi propio interior. Cuando los retortijones se volvieron continuos, la voz de la pantalla regresó.

-Querido espécimen: ¿Volverás a decir a alguna humana que lo mejor para adelgazar es dejar de comer? (¿Cómo podían saber eso si había formado parte de conversaciones privadas con personas a las que ayudo  a diario en mi gimnasio?)
-Nnnnnoooo… noooooo… qué dolor, por favor…
-¿Y vender porquerías a muchachos que quieren ver crecer sus músculos sin esfuerzo?

Empiezo a comprender. Aunque parezca una locura, una nave extraterrestre que sigue mis conversaciones privadas en el gimnasio trata de darme una lección.

-Lo he entendido… paren esto, por favor… estoy muy mal…
-Silvia era una joven muy bella que murió de anorexia por tus malos consejos. Manuel ha tenido que ingresar en una institución para superar su vigorexia adquirida en tu gimnasio. A Lucía le cambió el metabolismo en tu negocio por seguir tus dietas milagrosas, y ahora está a la espera de hacerse una seria cirugía para superar su obesidad mórbida, Alex murió a los treinta y ocho años por tomar los complementos y otras cosas que vendes… ¿quieres que siga? Has fastidiado la vida de muchas personas, ahora te toca a ti pasar por cada uno de tus consejos.

Así que es eso. No me escogieron al azar, sino que sabían a quien elegían. Me van a hacer pasar por cada una de mis recomendaciones en el gimnasio. Si recomendé no comer, ahora lo sufro. Si vendí suplementos y otros productos de ese tipo a chavales para hacer crecer el músculo sin dar golpe, me los van a administrar aquí, y junto con mis dietas harán que las carnes lleguen a rezumar de la camilla… Como poco, y si consigo salir de aquí, mi metabolismo habrá cambiado para siempre.

-Tiene razón –dice el hombre de la pantalla que parece leerme el pensamiento-. Su obesidad mórbida le acompañará el resto de su corta vida, porque aunque usted vende ideas de superación y fuerza de voluntad, en realidad carece de todo eso, no posee determinación, ni lucha por nada, ni siquiera por usted mismo. Es usted un ser superficial que solo piensa en sacar provecho sexual de su buen aspecto, un ser prescindible, que no aporta nada bueno a su sociedad. La próxima vez que se permita dar consejos a alguien, piense primero si lo que recomienda lo aplicaría en sí mismo. ¡Qué! ¿Cómo van esos dolores, querido anoréxico?

Entiendo el mensaje. Me dejo llevar por la situación mientras el dolor me engulle, aunque el que de verdad duele no es tanto el estómago como la conciencia.  Cierro los ojos esperando que en algún momento esta pesadilla termine.

Después de esto nunca más podré regresar a mi trabajo en el gimnasio, y más si salgo de aquí sufriendo obesidad mórbida. Cuando aconsejaba mal a propósito sabía que jugaba con fuego, pero no calculaba lo que me sucedería para comprenderlo.

Y lo peor, nunca podré contar a nadie qué me impulsó a dejar el negocio. Dirían que estoy loco. A lo mejor tienen razón.







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viernes, 7 de octubre de 2016

Para Elisa



Para Elisa


La mujer recibió la noticia de su vida: tras años de espera la requerían en un puesto de trabajo de la administración del estado para cubrir una plaza durante un periodo vacacional. Ella aceptó sin pensarlo mucho y al día siguiente firmaría el contrato feliz porque en Justicia, que era la oposición de la que hacía más de un lustro se había examinado como agente judicial, se habían acordado de ella, por fin.


El único inconveniente era que tenía que desplazarse a la capital de la provincia, pero entrando en Internet supo de una residencia en que muchos funcionarios eventuales como ella alquilaban una habitación para así solventar el capítulo de dónde establecerse mientras durase el contrato. Llamó y concertó su llegada para el día siguiente. Se trataba de un edificio neoclásico con una gran escalinata flanqueada por un enorme jardín poblado de árboles de distintas especies, aislado de la calle por una valla del mismo estilo que el edificio que las monjas que regentaban la institución abrían y cerraban de noche. Impresionante. Precioso. Y lo mejor, no muy caro y cerca del trabajo.

Firmó el contrato y se incorporó a su puesto inmediatamente.
Los días iban pasando tranquilos hasta que un nuevo compañero llegó a su oficina. Resultó que ya se conocían de años atrás, habían sido vecinos en su ciudad de origen, pero su relación había sido inexistente, sólo de hola y adiós en el ascensor. Él padecía una enfermedad psiquiátrica y formaba parte de ese tanto por ciento de personas con problemas que el estado contrata para su inserción laboral. Se saludaron y a otra cosa. Se veían a diario. El hombre preguntó a la mujer que qué hacía por las tardes al salir del trabajo. Le preguntó si querría ella salir a tomar algo con él, pero Elisa le contestó con toda la inocencia que ella prefería quedarse en casa estudiando para la oposición que había decidido preparar y en meses iba a salir. 

Resultó que Daniel, que así se llamaba el hombre, había tomado habitación en la misma residencia que Elisa, lo que llevó a preguntarle si ella querría bajar a la sala de televisión con él. Elisa estaba felizmente casada desde hacía más de treinta años y su marido lo era todo para ella. De nuevo le dijo que prefería quedarse en su cuarto estudiando, leyendo o escuchando la radio.

Durante los días siguientes él se hacía el encontradizo con ella continuamente, asunto al que ella no dio mayor importancia, ya que verse por aquel Palacio de Justicia no era tan raro, pues sus dimensiones no eran para perderse. La veía, pero no decía nada.


Cuando Elisa llevaba gran parte del contrato cumplido, unas compañeras le contaron que Daniel había estado preguntado por ella a todo el que veía diciendo que los dos regresarían juntos a la residencia en el coche que él tenía y que ambos iban a celebrar el fin de su contrato. La mujer negó diciendo que no tenía relación con ese compañero, y que no tenía intención alguna de subirse en su coche, y mucho menos celebrar nada con él.

Ella empezó a hilar cabos. Las miradas en la cafetería de personal sin decirle nada, las muchas veces que se lo encontraba por todas partes. Por primera vez sintió miedo. Lo comentó con algunas compañeras en el vestuario con las que había establecido una relación de confianza.

-Estás paranoica. Nadie te persigue. Vive la vida y disfrútala, nada te amenaza –le decían ante los temores que ella exponía.

Aquel día salió del trabajo casi de noche, pues en su departamento tenían mucho trabajo atrasado. Cuando llegó a la residencia, tenía que atravesar el enorme jardín cuajado de lugares en los que ocultarse para superar la escalinata. Cuando entró por la puerta respiró aliviada. Nada. Qué imaginación la suya. Subió hasta su cuarto. Entró.

Se metió en la ducha. Salió. Cenó algo liviano y se tumbó en la cama. Se fue calmando a medida que transcurría la noche.

Al día siguiente Daniel ya no estaba en el trabajo, lo que la colmó de paz.

Pero también aquel día era casi de noche cuando se disponía a entrar en la residencia tras la jornada laboral. Y cuando iba a hacerlo, oh sorpresa, él le salió al encuentro.

-Hola querida -dijo- te estaba esperando.
-Lo siento, Daniel, pero no veo la razón.
-Vamos a celebrar que ya he terminado mi contrato.
-No, disculpa. No te conozco más que de vista y además no alterno, estoy felizmente casada. Por favor, déjame pasar. Mucha suerte en tu vida. Adiós Daniel.

Pero el hombre tenía otros planes. La atacó. La arrastró entre los árboles y allí la golpeó hasta que ella quedó tendida inconsciente.

-Error, Elisa. Tenías que haber dicho sí, dicho sí, dicho sí -repitió mientras se balanceaba nerviosamente de adelante hacia atrás.

Al día siguiente una de las monjas la encontró y llamó a una ambulancia.

Pero Elisa no pudo superar la fuerza de una obsesión. Su futuro se desarrollaría en una camilla de hospital, en un coma que ya nunca le abandonaría. Daniel había vencido.


Nunca subestiméis la fuerza de la mente, nunca olvidéis que lo que para unos es blanco, para otros es negro. Pero sobre todo lo que nunca debemos obviar es la fuerza del amor enfermizo. 

Demasiado tarde para Elisa.



 


Para Elisa de Susana Villar està subjecta a una llicència de Reconeixement 4.0 Internacional de Creative Commons


martes, 27 de septiembre de 2016

La justicia del Cares






La justicia del Cares






El hombre trastabilló. No esperaba aquel momento, su experiencia en senderismo era tan amplia, que la sola posibilidad de caerse en aquella garganta tan visitada le colmaba de una sensación de intolerable vergüenza. Pero no adelantemos acontecimientos. Iba con su mujer, ambos rondaban la cincuentena, y su matrimonio había sobrevivido al paso del tiempo a trompicones, una relación aderezada con múltiples episodios de infidelidad por parte del hombre. Ella, fiel por naturaleza, conocía cada lío de su marido, pues era inteligente y sabía leer las contradicciones en que cada día incurría su cónyuge en cuestiones como llegar a tiempo, asistir a eventos familiares que si podía evitaba sistemáticamente, y últimamente sus fines de semana en que el hombre desaparecía sin dar explicaciones para regresar el lunes, con cara de no haber roto un plato. Caradura.

Pero aquelllas vacaciones se las dedicó a su mujer, que deseaba más que nada en el mundo rehacer su vida con alguien que de verdad la mereciera, no perder el tiempo más en una situación que estaba llamada a no durar.


Habían decidido pasar los primeros días en la garganta del Cares, recorriendo aquel angosto camino que bordeaba el impresionante precipicio. Sería la última vez que compartirían vacaciones. Ella buscaría el momento adecuado para solicitarle el divorcio. Caminaron tranquilamente, sin prisa, mientras un nutrido grupo de muflones presidía una de las altas montañas, hierático, observando lo que ocurría en sus dominios, el cielo despejado, brillante el día.

Marchaban despacio, hasta que el marido, aficionado a los fósiles, vio una gran piedra cuya superficie dejaba ver el dibujo tatuado por el tiempo de un trilobites, que él poseía en su amplia colección, pero aquel tenía algo que le llamó la atención, y se encontraba en el borde mismo del precipicio, semienterrado y de un tamaño considerable, la piedra en conjunto podía pesar más de veinte kilos, así a ojo de buen cubero, lo que aumentó su ansia por ver y fotografiar aquel ejemplar que, obviamente, no podría llevarse a cuestas. Se deslizó con cuidado hacia el fósil, mientras la mujer se quedaba arriba, sentada en el suelo, observando la impresionante panorámica, no apta para personas que sufran de vértigo.

El hombre se echó un poco hacia atrás para fotografiar mejor el ejemplar, hasta que uno de sus pies trastabilló y amagó con derribarlo desfiladero abajo. Quedó agarrado por las manos a la cornisa, quedando colgado esperando la ayuda de su mujer.

-¡Ayúdame, Leire! ¡Me caigo!
La mujer se levantó sin darse excesiva prisa. Tal vez aquel fuera el momento adecuado para plantearle sus deseos. Le cogió por una mano mientras le habló de esta manera:
-Querido Diego –dijo en tono solemne-, no sé si ayudarte o dejarte caer. Qué oportunidad.
-¿Pero qué dices, Leire? ¿Dejarme caer? ¿Por qué ibas a hacer eso?
-Por lo muchos años de engaños, cuernos, retrasos, ausencias, mentiras… en este viaje iba a pedirte el divorcio, pero ahora igual no hace falta.
-¡Es verdad, he tenido alguna amiga, pero nunca he dejado de quererte! ¡Ayúdame, venga!

-¿Alguna amiga? ¿Quieres que empiece? El mismo día de la boda te tiraste a una excompañera de colegio, Rosita la Tetosa, la rubia de 2º de bachillerato. Lo hiciste en el baño de caballeros. Durante el viaje de novios te lo hiciste con una camarera en Punta Cana oculto en los servicios mientras yo permanecía sentada en la terraza del chiringuito, aunque sabiendo desde el principio lo que hacías. Eso la primera semana. Llevamos veintidós años juntos y has salido a amante diferente casi cada mes. Tengo todos los informes. Periódicamente contrato a un detective privado que me comunica tus andanzas. En ese informe durante estos años figuran los nombres de quince amantes habituales tuyas, a las que engañabas prometiendo el amor eterno que antes me prometiste a mí, y rolletes tuyos constan sesenta y dos. Yo diría que no me has sido fiel. No sé por qué razón debería ayudarte cuando lo que deseo por encima de todo es perderte de vista. Lo tengo fácil, si te piso la mano te vas al carajo.
-¡Leire, por favor! El tener tantos rollos significa que no amaba a ninguno de ellos… solo a ti.
-Claro, por eso no estuviste en la comunión de tu hija, porque me amabas mucho. Preferiste irte de fin de semana con doña Asunción Vázquez de Friera, duquesa de Cantalapiedra, un putón de alta sociedad a la cual no le importa destrozar las familias que haga falta con tal de calmar sus ardores de ninfómana, pero claro ¡ahí estaba su salvador, Diego Díaz, descendiente del Cid, que aplacaría sus ansias amatorias mientras alcanzaba algo más de poder! No trates de negarlo. Lo sé todo, tengo todos los datos. Tu hija no te lo perdonará jamás. Preferiste a tu amante de entonces a pasar el día con ella. Mientras Mariely comulgaba tú tenías a un tipo contratado por mí siguiéndote los pasos. Aquella misma noche los datos estaban en mi poder. De esto ya hace doce años y desde entonces has seguido con tus conquistas sin cortarte en absoluto. Te has tirado a cualquier cosa que lleve faldas. Das asco.
-¡Nena, me caigo! ¡Ayúdame, las manos me resbalan! ¡No me sostienen más!



La mujer no hizo nada, no podía. Ella, en realidad, estaba muerta. El hombre la había matado en una de sus discusiones matrimoniales diez años antes y aquella era su primera salida nueve años después de cumplir su pena de prisión por el asesinato, solo que aquellos momentos de Diego Díaz en extremo peligro y profundamente colocado de antidepresivos sufrió una poderosa alucinación, y acabó creyendo que su mujer le había acompañado en aquella excursión. Ella, de pie, etérea, viendo cómo su marido se escurría de la cornisa y se perdía en el vacío. Tarde para rehacer su vida.

Pero Leire era libre, por fin.

Se acabaron los engaños, los cuernos, los retrasos, las ausencias, las mentiras.

Se había acabado todo. Él, que entre rejas había fantaseado con recorrer la afamada a la par que peligrosa senda, lo primero que haría al abandonar su vida carcelaria, y sin saberlo, lo último. Las desventajas de haberse cargado a quien, de haber sucedido las cosas de otro modo, lo habría dado todo por ayudarle. 

Tanto que algunos buscan toda su vida compañía y amor al margen del que ya gozan sin merecerlo, cuando llega el final, mueren solos.

Requiescat in pace, Diego. Tú y todos los que son como tú.





La justicia del Cares de Susana Villar està subjecta a una llicència de Reconeixement 4.0 Internacional de Creative Commons