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sábado, 5 de noviembre de 2016

Los caragachas





Los caragachas




Caragacha: Dícese de la postura que adoptan los individuos que miran sus dispositivos móviles aislándoles de la realidad. (De la unión y apócope  de “cara” y “agachada”).
La gente se agolpaba delante de la puerta de la casa. La mujer gritaba, lloraba, se desesperaba mientras la policía intentaba cumplir con su trabajo: echar de su casa a la mujer y a sus dos hijos pequeños, tan pequeños que ambos cabían debajo de un cesto. Y los de asuntos sociales también se encontraban allí, para llevarse a los niños con ellos a un centro de menores.

Todo comenzó cuando una crisis económica terrible había asolado la zona, de tal manera que si entraba un sueldo en una casa aunque fuera bajo, era motivo de felicidad, la justa para ir tirando. 
Sin embargo, a pesar de los problemas económicos que afectaban a todos, las tecnologías móviles se extendían cual virus por todo el planeta, y eso había traído mucho dolor a la sociedad, tanta, que la mujer vio irse a sus hijos y echó a correr tras el coche, pero, al comprender que los había perdido, decidió arrojarse por un una pasarela cercana. Nada se pudo hacer por ella. Pobre.

Un año antes, la mujer y su marido viajaban en moto por una de esas carreteras secundarias de la España profunda, cuando un coche pilotado por un joven distraído, chocó con ellos frontalmente. 
El marido falleció en el acto y la mujer fue ingresada con graves heridas, de las que tardó meses en recuperarse. Pero los problemas no habían hecho más que comenzar: la única entrada de dinero llegaba a través del trabajo de su marido, con el que ya no podría contar, y ella no encontraba nada desde hacía años. 
Como consecuencia de esa situación, la joven mujer y sus hijos habían dejado de pagar la hipoteca, y aquel día iban a desahuciarlos, y, de rebote, a perder la custodia de los pequeños. Su vida dejó de tener sentido, ni siquiera se planteó luchar por recuperarlos, pues su situación, sin familia ni amigos influyentes, la abocaba a una vida sin techo. 

El banco no podía esperar, qué penita dan los bancos, tan pobres ellos, que no pueden sobrevivir sin su puntual cuota mensual sacada del sudor ajeno, recibos hijos de la usura y el dolor, la privación y las ilusiones logradas a duras penas. La vida al día, al borde de la exclusión, sustento obtenido del lomo esclavizado en que se convirtió la vida del proletario.
En el juicio del accidente algo llamó la atención de los medios de comunicación estatales: el joven del coche iba interactuando con su móvil mientras conducía.
Los caragachas cuestan vidas por su adicción malsana y nunca admitida.
La ruina no de algunos, como de esta familia de ficción, sino de muchos y en la vida real, lágrimas tecnológicas, ojos ahogados en llanto.

Sois una terrible desgracia para la sociedad, hijos de la manipulación, la inmadurez y la impaciencia.


Dedicado al individuo que casi nos mata hace poco más de un mes cuando viajábamos en nuestra moto, mientras como típico caragacha iba mirando a su interesante y muy importante pantallita en vez de a la carretera en una vía comarcal, y que invadió nuestro carril a la salida de un cambio de rasante que terminaba en curva. Todavía me invaden sudores fríos, no de ficción, sino reales. Aquel día nacimos de nuevo. 

Desde entonces mi móvil se ha convertido en un mero instrumento de uso esporádico, no en un fin en sí mismo. Lo que debería ser. Y punto.
Nada es más importante que la vida.




Los caragachas de Susana Villar està subjecta a una llicència de Reconeixement 4.0 Internacional de Creative Commons




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