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jueves, 4 de febrero de 2016

¿Y si...?



¿Y si…?





El viento movía los pinos nevados. El frío parecía todavía más intenso ante el cielo despejado. Ni una nube osaba interponerse entre Ingo, y el universo. Se había enamorado de las estrellas desde el primer día que las vio.

-¿Qué es eso que brilla tanto, papá? –preguntó el chico, un rubito de grises ojos angelicales de apenas cinco años.
-Son planetas o estrellas, que brillan para nosotros y nos proporcionan este panorama tan extraordinariamente bello.
-¿Y nada más? –preguntó Ingo, todavía intrigado.

-Sí, hay un secreto. Pero si te lo cuento debes evitar contarlo, o las consecuencias serán malas solo para ti. Sólo podrás contárselo a tu hijo mayor, como hago yo ahora.

-¡No lo contaré! Te lo prometo, papá –dijo enseñándole las manos para demostrar que no estaba cruzando los dedos.

-Está bien. Las estrellas poseen planetas a su alrededor, lugares que no podemos visitar físicamente porque están muy lejos y nuestra tecnología todavía no sirve para realizar viajes tan largos.

-Ya…

-Pero hay una forma. Una forma secreta y que funciona de manera diferente en cada persona.

-¿Sí? ¿Y cuál es?

-Son los lugares donde ocurren los sueños.
 -¿Mis sueños ocurren en una estrella?
-O en un planeta desconocido.

-¡Pero mis sueños suceden todos en la ciudad!

-Fíjate bien cuando sueñes si no ves cosas, calles y edificios distintos de la realidad.

-Ahora que lo dices… sí. Es como una mezcla de ciudades que he conocido antes de verlas en las vacaciones con vosotros o por la tele, aunque hay muchas calles, parques y puentes que no sé de dónde salen.

-¿Lo ves? Tú vas siempre al mismo planeta, y lo estás explorando bien. Sería interesante saber cuál es. A lo mejor podemos buscarlo y verlo por el telescopio.

Ingo miró hacia arriba y se quedó pensativo unos instantes, sin decir nada.

-¿Sabes qué? ¡Creo que voy a irme a la cama a ver si vuelvo al mismo planeta o me voy a otro!
-¡Maravillosa idea, Ingo! ¡Investiga sobre su nombre! –le dijo a su hijo mientras le besaba para darle las buenas noches.
-Lo intentaré. ¡Buenas noches, papá!


-¡Buenas noches, hijo!
El hombre se levantó de la silla y entró en el salón para prepararse una copa.
Mientras daba vueltas a los hielos del gin-tonic, pensó: “Qué exigente es ser padre, lo que tengo que inventarme para que se vaya a la cama sin montar el numerito. A ver si esta idea le dura”, dijo mientras apuraba la copa de un trago.

Pero en su interior había nacido la duda. ¿Y si lo que había revelado era un arcano que servía de llave para descubrir los secretos de la mente humana? ¿De dónde le vino a él semejante idea, de una zona planetaria de sueños? ¿Sería como un universo paralelo al que vamos cuando dormimos? Tampoco es que él gozara de una imaginación especialmente dotada.
Ahora que lo pensaba, tampoco él identificaba la tierra a la que viajaba por las noches.
Posó vacilante el vaso semivacío sobre la mesa baja del salón. Cerró la puerta de la terraza donde la velada seguía siendo clara. Enfiló a su habitación.
Esa noche intentaría aclarar el misterio. Entre almohadas. 







¿Y si...? de Susana Villar està subjecta a una llicència de Reconeixement 4.0 Internacional de Creative Commons




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