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jueves, 17 de marzo de 2016

Una decisión difícil





Una decisión difícil






Los niños estaban asustados. Se encontraban en clase, cuando las sirenas empezaron a sonar. Un bombardeo. Ruido de aviones que traían cantos de muerte a un pueblo que no entendía el porqué. El profesor apremió a sus alumnos a correr a sus casas, la mayoría vivía en las cercanías del colegio, para reunirse con sus familias en los refugios antiaéreos de costumbre. Las alarmas sonaban durante diez minutos, y en ese breve lapso de tiempo la gente trataba de ponerse a cubierto. Muchas veces las bombas caían nada más empezar a sonar las sirenas, otras veces había más margen, pero por regla general, solía quedar tiempo.


En aquel barrio de Alepo había dos refugios perfectamente equipados para estancias de larga duración y que podían acoger a miles de personas, aunque últimamente desaparecían las latas de conserva de los anaqueles, pues había gente que estaba en paro, pues muchas empresas habían cerrado durante esta guerra, y apenas tenían nada que comer. Otras personas iban reponiendo de su bolsillo las reservas desaparecidas sin hacer preguntas. Normalmente los refugios se llenaban de gente y la estancia no solía superar el cuarto de hora hasta que cesaban de caer las bombas. Luego quedaba la parte más dura: comprobar que todo seguía en pie como antes del ataque, y que no faltaba nadie, o que nadie yacía entre las piedras de los edificios destruidos y de los que se elevaban multitud de volutas de humo. Casi siempre encontraban algún fallecido, gente que desoía las advertencias de las alarmas y seguía en su casa o negocio a lo suyo. Y es que había gente que, cuatro años después de comenzar las hostilidades, ya estaba tan hecha a esas situaciones, tanto que terminaban por ignorarlas, y seguían con su vida hasta que una bomba mal tirada decidiese segársela. Puro azar. Siempre hay gente que elige jugársela a todo o nada.


Los hermanos de seis y siete años llegaron al refugio donde les esperaban su madre, sus tías y sus hermanas. Los hombres por regla general se ocultaban en refugios cerca de sus lugares de trabajo, que iban mermando a ojos vista. Cada bombardeo dejaba a más gente en la pobreza, sin trabajo, sin nada que llevarse a la boca, así, de repente. Saltaban por los aires los edificios oficiales y todos los demás de los alrededores. En esa parte de la ciudad ya no había panaderías, restaurantes ni tiendas de confección. De hecho no existía vida comercial alguna, casi todos los edificios presentaban un aspecto ruinoso. Los profesores decidieron no cerrar la escuela, como símbolo de una normalidad que en realidad no existía.

-Niños, menos mal que habéis llegado a tiempo –dijo la madre mientras se oían caer las primeras bombas de la mañana-. Vuestro padre y yo hemos decidido marcharnos del país. Deberéis despediros hoy mismo de vuestros amigos. Saldremos mañana al amanecer. Nunca más volveremos a tener que refugiarnos para no ser alcanzados por una bomba. Nunca más os pondremos en peligro por no tener valor para dejarlo todo en pos de un lugar en paz en el que podamos vivir sin miedo. No quiero perderos por nada del mundo.


La madre abrazó a sus cuatro hijos, dos niños y dos niñas, la menor de cinco años, la mayor de once. Todos hipaban de desasosiego.

-No volveremos a sentirnos así, os lo prometo. Nos vamos a Europa. Dicen que allí, en Suecia, hay un alto nivel de vida, en el que vuestro padre encontrará trabajo de analista informático fácilmente. Y yo puedo buscar trabajo en las universidades, sigo siendo doctora en bioquímica, eso no me lo quita nadie. Eso sí, tendremos que aprender sueco si con el inglés no llega, pero no importa, cualquier cosa con tal de recuperar nuestra vida. Dicen que los europeos han aprendido de sus dos guerras mundiales y son acogedores y comprensivos con nuestro drama. Todo irá mejor, niños, no lo olvidéis.
-¿Vamos a dejar todas nuestras cosas aquí, como las consolas, la piscina o nuestro barco en Samandagi?
-Sí, cariño, no podemos llevarnos todo eso. El barco nos lo han requisado los militares, si no, nos iríamos en él. Pero en cuanto acabe la guerra volveremos para recoger todo lo que podamos llevarnos, te lo prometo. Sólo me llevaré un álbum de fotos, algo de ropa para todos y ya está.
-¿Puedo llevarme mi peluche de dormir? –preguntó una de las niñas.
-Sí, cielo. Pero solo uno.
-¿Y mi equipo de pádel? –preguntó uno de los niños.
-No, pequeño. Coge solo una pala y una pelota y ya está.
-¡Y yo cojo la mía y así podemos jugar juntos cuando veamos algún sitio que lo permita! –exclamó otro de los hermanos.
-De acuerdo, pero recordad que solo llevaremos con nosotros lo mínimo necesario. Lo demás lo compraremos en Suecia cuando nos establezcamos. Todo irá bien –decía la madre mientras abrazaba a una de sus hijas y se balanceaba mirando hacia la nada con preocupación.
Al día siguiente huirían de las bombas como cientos de miles de sirios. Muchos de ellos jamás llegarían a destino. Y Europa construiría muros para dejarlos fuera, a ellos que lo habían tenido todo.
Europa sacó su verdadera cara. Esa familia jamás llegaría a Suecia, sino que languidecería en uno de los enormes campamentos de refugiados en Turquía. Demasiado tarde para retroceder, pero el continente solo quería desentenderse del problema. La madre comprobó con los meses de mucho andar entre barro y penalidades, que en realidad en Europa no habíamos aprendido nada de nuestra historia y les dábamos la espalda.

A ellos que lo habían tenido todo.













Una decisión difícil de Susana Villar està subjecta a una llicència de Reconeixement 4.0 Internacional de Creative Commons





 

jueves, 10 de marzo de 2016

El llanto entre las telas



El llanto entre las telas
Manhattan, 25 de marzo de 1911


Sarah lloraba. Había salido ilesa de aquel infierno, pero su vida ya nunca volvería a ser la misma desde entonces. Había ido a trabajar como siempre desde los últimos años, pero nadie pudo prever lo que aquel día ocurriría en la fábrica de camisas neoyorquina situada en pleno Manhattan. Sería aquella una fecha que a muchos nunca se les borraría de la memoria.
Alguien muy atontado, o muy malintencionado, todo podría ser, habría tirado una colilla encendida en una papelera llena de restos de tela, aunque esa teoría se desmentía sola, pues el mismo fumador seguramente perdió la vida aquel día. O el fumador hacía gala de muy pocas luces, o su despiste había sido monumental. 
El fuego se extendió con rapidez por toda la sala, pues las telas hacían de improvisado combustible. Las mesas que sustentaban las muchas máquinas de coser fueron abandonadas inmediatamente. Las mujeres y también algunos hombres que allí trabajaban desfilaron con rapidez hacia las escaleras de acceso buscando la salida. El humo ya empezaba a llenarlo todo y el fuego se estaba extendiendo hacia las dos plantas colindantes, la séptima y la novena de aquel edificio de diez plantas. En poco tiempo, el edificio entero presentaba un aspecto de antorcha. Los neoyorquinos que pasaban en aquellos momentos por la calle se paraban a mirar, pasmados por el espectáculo. Se oían golpes y gritos tras las diferentes puertas, como la principal o la de mercancías, pero nadie podía salir: durante las horas de trabajo estaban selladas para todo el mundo, para evitar así el robo de género por parte de los y las trabajadoras. Una trampa mortal. La gente desde fuera golpeaba las puertas para intentar abrir una vía de escape que ayudase a aquellas personas atrapadas, pero resultaba imposible echar abajo aquellas puertas de madera maciza solo propinándole patadas. 
Sarah se encontraba en el décimo piso, dos más arriba de donde todo empezó. Un grupo de quince trabajadoras intentaron abrir la puerta de la azotea para poder respirar, pero estaba cerrada, así que la única opción de aquellas mujeres era pedir ayuda por las ventanas que daban hacia una calle principal. Las llamas llegaban cuando algunas de ellas tomaron una decisión.

-Miriam, ¿qué vas a hacer? –preguntó Sarah entre hipidos.
-No quiero morir quemada, es mejor que si es inevitable sea lo más rápido posible.
-Pero van a venir los bomberos y nos salvarán, lo verás.
-No esperes que eso ocurra. El incendio ha sido provocado por los jefes. Ya están hartos de nuestras reivindicaciones y han decidido cortar por lo sano. Nadie tira una colilla en un cesto lleno de tela, algo así sólo puede ser provocado intencionadamente, es más, nadie debería fumar en una fábrica que trabaja con telas. Quieren deshacerse de nosotras, nuestras huelgas les cuestan dinero. Los bomberos no vendrán, pero el fuego sí. Adiós pequeña Sarah –y diciendo esto se tiró por la ventana desde el piso décimo. Un ruido seco se oyó al impactar su cuerpo contra el suelo. Sarah lloraba.

Otras mujeres decidieron hacer lo mismo, y se tiraron sin pensarlo mucho. Antes morir por una caída, que debatiéndose de dolores por quemaduras que podrían alargar la agonía hasta límites insospechados. 
Sarah regresó a las cercanías de la sala en la que el fuego ya se extendía a sus anchas, y cogió una vara de hierro que estaba caída en el suelo. La vara quemaba como el ambiente, que resultaba abrasador en algunas zonas del edificio, pero eso no le amilanó, se protegió las manos con su pañuelo del cuello, y salió de allí. Regresó hacia la puerta de la azotea y comenzó a golpear la puerta con la vara hasta abrir un boquete en ella. Sus compañeras, otras seis mujeres a las que les había faltado el valor para arrojarse por la ventana, buscaron objetos contundentes que yacían por los alrededores ya casi ruinosos para ayudarle en su empeño por salvar la vida. Entre todas golpearon la puerta en su centro. En pocos instantes, y cuando el fuego ya se aproximaba hasta donde ellas se encontraban, la puerta quedó destrozada y pudieron salir a la azotea. Allí al menos podrían respirar hasta que llegase la ayuda.
Y la ayuda llegó. Los bomberos desplegaron sus kilométricas escaleras y alcanzaron la azotea donde las siete mujeres se encontraban acurrucadas, asustadas, pero todavía respirando, todavía vivas. Las descendieron poco a poco y con sumo cuidado hasta la calle. Ellas tuvieron suerte, otras ciento cuarenta y seis dejaron la vida en aquel siniestro que la ciudad de Nueva York nunca pudo olvidar, y Sarah tampoco. 

Pero en el seno de la sociedad neoyorquina, el accidente, que así se publicitó, removió una serie de conciencias que derivó en una mejora en los derechos laborales de todos los trabajadores en Estados Unidos, y una consolidación a nivel internacional de un día que conmemorase aquel desastre y lo que supone a día de hoy como símbolo de lucha para los trabajadores, y en particular para ellas, que por entonces recibían la mitad de salario que un hombre por el mismo trabajo. Muchas de aquellas mujeres, era cierto, habían luchado desde hacía años en la calle por sus derechos y acabaron convirtiéndose en símbolos de la lucha obrera.
Tras despertar de la pesadilla, a menudo llegaba a la memoria de Sarah la última mirada de su compañera y amiga Miriam, antes de saltar hacia su final. Fue su decisión, aunque Sarah siempre pensaba que la lucha no debía circunscribirse solamente a mejorar las condiciones laborales: aquel día había tocado cambiar las pancartas por coraje, frialdad ante el posible final, y fuerza para luchar por evitarlo y preservar lo más importante: la vida.
Ella lo había logrado. Desde entonces siempre miraría al cielo buscando justicia.


          Que nadie las olvide.
          In memoriam.




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jueves, 3 de marzo de 2016

Ilusiones sobre una pared









 Ilusiones sobre una pared



París,  28 de diciembre de 1895

Salon Indien du Grand Café del Boulevard des Capucines





-Estoy muy nerviosa. No sé muy bien lo que nos van a ofrecer hoy aquí –dijo la mujer mientras buscaba acomodo en la sala de aquel gran café parisino.
-Oh, querida, no te preocupes. Se dice que es un gran invento que nos dejará a todos con la boca abierta. Ten paciencia. Nos han invitado por algo.
-Espero que no se trate de algo pecaminoso que ponga en peligro nuestra integridad moral, Georges.
-No te preocupes tanto, Eugènie. Mira, han llegado.




Dos caballeros pulcramente vestidos se acercaron a un aparato de madera sostenido en el aire en un soporte de tres patas también de madera que se encontraba en la parte posterior de la sala, atestada de gente que esperaba aquel estreno como algo, se decía, que podía cambiar el mundo. Se apagaron las luces del local, lo que arrancó una exclamación de todos los concurrentes, que conformaban la flor y nata de la alta sociedad parisina.

En medio de la oscuridad, una sola luz salió en línea recta hacia la pared. Y entonces ocurrió. Una serie de imágenes surgieron milagrosamente dibujadas en aquella pared. Todos exclamaron sorprendidos. Aquello parecía magia. Se trataba de las imágenes en blanco y negro de un grupo de trabajadores saliendo de una fábrica.




-¿Qué son? -preguntó Eugènie que parecía no entender de qué iba todo aquello.
-Son imágenes de personas que están ahí  aunque no están en realidad, pero que sin duda existen en alguna otra parte. Creo que son sus representaciones. Es fascinante.
-Parece como si un daguerrotipo hubiera cobrado vida. ¡Mira, ahora sale un tren! Georges, esto es fabuloso –dijo la joven que comenzaba a comprender.

Una proyección más para terminar. Un señor regaba su jardín, y le pasaba de todo, un chico le pisaba la manguera para interrumpir el trabajo del jardinero, un hombre mayor seguía la misma broma. El jardinero terminaba mojado y mojando a todo el que pasara por allí. La escena arrancó algunas carcajadas del respetable.

A Eugènie se le pasó algo por la cabeza.




-No sé si esto tiene algún sentido, pero te lo voy a contar, querido Georges. En esas imágenes ellos han pactado lo que debe ocurrir. Yo puedo escribir historias que pueden ser igualmente proyectadas en la pared. ¿No conoces a esos señores? ¿Podrías hablar con ellos?

Eugènie no sabía bien lo que acababa de decir. A Georges se le encendió una bombillita. Méliès, que era el apellido del marido de la inspirada joven, dio un respingo. Iba a nacer el cine como forma de ocio y cultura. El cine que cuenta cosas.






Sin saberlo, Eugènie con su idea acababa de plantar en el corazón de un pionero como su marido el germen del cine de ficción.

Y es que algunas ideas que parecen absurdas acaban por cambiar el mundo. Aquel día nacieron las ilusiones de la fábrica de sueños. El nacimiento del cine. Casi nada.




Obreros saliendo de la fábrica:  

 Llegada del tren:

 El regador regado:






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jueves, 25 de febrero de 2016

El Rayo de medianoche




El Rayo de Medianoche


Cada noche baja despacio las escaleras tras dejar el dormitorio, temiendo despertar a su marido. El hombre duerme plácidamente mientras ella se escapa nada más que oye el primer ronquido, señal de que ya no despertará hasta el amanecer.


Ella, llueva o nieve, sale de la casa con un capazo de paja colgado del hombro y corre, corre todo lo que puede para perderse en el bosque. No tiene miedo de la oscuridad de la noche, sus ojos se vuelven felinos y lo ve todo. Se quita la ropa y se pone una túnica blanca hasta los pies. Lo deja todo ordenado en el capazo.

La espesura se tupe cada vez más, y solo un rayo de luz entra cada año sobre el ara de los escogidos. Ella lo era. Ya llevaba casi un año lunar custodiando el Rayo de Medianoche que incidía justo en el medio del altar. Esta era la última noche, y la investirían como sacerdotisa del Rayo de Medianoche. Ello le reportaría obtener poderes para ayudar a la naturaleza y protegerla de las miserias de los hombres.

Se concentró, pues se acercaba la hora en que el Rayo incidiría sobre la piedra sagrada, y ella debería esperar la señal de que es reconocida su promesa cumplida. No falló ni un solo día. Todo debería estar en orden.

El rayo apareció de repente, y se fue moviendo poco a poco hasta incidir sobre el ara. Entonces un águila se le apareció y le dio un mensaje que llevaba en el pico. Luego se le posó en el hombro, confiada. Era su nombramiento como sacerdotisa del Rayo de Medianoche. Le emplazaban a la noche siguiente para los festejos por este motivo. Tendría que contárselo todo a su marido. Esperaba que reaccionase bien.

Regresó a casa, a su moderna casa del siglo XXI, equipada y confortable. Se metió en la cama y su marido despertó. Lo que no había ocurrido en un año, pasó en un segundo.

-¿De dónde vienes? –preguntó.
-Del baño, querido.
-Ah, venga duérmete. Y no des tantas vueltas.

La mujer tuvo que contener la risa. No era el momento. Mejor durante el desayuno.

Y durante el desayuno se lo dijo. Se lo soltó así, a bocajarro y sin salvavidas. Él la miraba atónito. No tenía ni idea de lo que le contaba su mujer. Lo había llevado con tal discreción que aquello le pillaba totalmente por sorpresa. ¿Es que su mujer se había convertido en una bruja? ¿Era eso?

-¿Eres… una bruja?
-Sacerdotisa. Una especie de dama protectora del bosque. No debes temerme. Lo hice porque me aburría mientras tú trabajabas tantas horas y casi ni me mirabas de lo cansado que llegabas. Me aburrí de mis amigas, todo el día hablando de trapos, trucos de belleza y de hombres, además de poner a parir a sus maridos. Me aburrí de todo eso y decidí salir al bosque a explorarlo durante las tardes un ratito cada día. Y durante uno de esos paseos me encontré algo. Un envase de plástico de esos que sirven para guardar documentos enrollados. Lo abrí y me encontré con ellos. Me instruyeron sobre plantas, sobre el clima, sobre ciencia, filosofía, lenguas antiguas, magia verde, medicina… Cuando llevaba siete años estudiando todas esas materias durante la noche con mi maestro sacerdote, entonces llegó la licenciatura, significa que debemos pasar un año custodiando el Rayo de la Medianoche cuando incide sobre el ara sagrada. Ayer cumplí ese año, supe que mi tótem es el águila  y esta noche me dan el título y el poder. Necesito que vean que tú lo sabes y que lo entiendes.

-¿Magia verde?
-Solo hace efecto sobre las plantas.
-¿Algo más que deba saber?
-No. Bueno sí, la ceremonia y la cena de celebración es al ocaso, a las ocho de la tarde. Ponte guapo. Yo te esperaré allí. Te enviaré a alguien a buscarte.
-¿Por qué no podemos ir juntos, ya que es inevitable que tenga que ir?
-Porque antes de la ceremonia pública está la privada entre sacerdotes y sacerdotisas donde juraré los votos. Después saldré ya investida y me proclamarán ante el pueblo.
-¿Qué pueblo? ¡Esto es una locura!
-El bosque es nuestro pueblo. Allí nos sentimos seguros. Nos sentimos en casa. Sabemos que nada malo puede pasarnos allí porque nuestro pueblo nos protege. Después de la cena tendremos una sola noche para despedirnos.
-¿Despedirnos?
-Me aburrí de ti, ¿recuerdas? Y busqué un cambio en mi vida. Mañana cohabitaremos por última vez y nos diremos adiós. Así es el mandato del Consejo del Rayo de Medianoche. Espero que sepas estar a la altura de lo que se espera del exmarido de una sacerdotisa.
-¿Y qué se espera?
-Que sepa renunciar a ella. Yo ya solo procrearé con el maestro. Será mi esposo esta medianoche tras nuestra despedida. Así debe ser.
-¡Anna! ¿Por qué? ¿No eras feliz? ¿Y por qué no me lo dijiste?
-Porque si no fuiste capaz de ver la tristeza de una vida anodina en mis ojos, y la posterior ilusión de mis escapadas nocturnas, es que después de veinte años juntos no me conoces. Y si todavía no me conoces, nunca me conocerás. Ven mañana. Allí te entregaré firmados los papeles del divorcio.
-¿Anna? ¡Ay, Dios mío! ¡Anna!
-Oh, querido, tranquilízate. Lo superarás. Y encontrarás otro florero para los próximos veinte años.
-¡Anna! ¡Anna, espera!
Pero Anna ya no le escuchaba. Se había ido al supermercado dejando a Rick con la palabra en la boca. No quería saber nada de un tipo que no la conocía, ni se preocupaba de ella, ni le contaba cosas, ni la sacaba de casa ni a cenar, ni de paseo, ni conocía sus ciclos menstruales, ni salían nunca de vacaciones, ni de viaje por algún otro motivo, ni un detalle con ella, ni una caricia, ni una mirada cariñosa, nada. Nada. Y encima le había prohibido trabajar fuera de casa, porque él ganaba más que de sobra para los dos. Los hijos no venían, claro que tampoco es que se pusiesen a menudo a la tarea. A lo mejor habría que adoptarlos, asunto al que él se negaba. Si tenían que ser padres, lo serían cuando quisiese Dios. Pero parece que la divinidad no recordaba que en esa casa alguien necesitaba un cambio. Y un hijo lo es, pero no venía.
Y entonces encontró ese documento ¿perdido? en el bosque.  
Y su vida cambiaría desde esta noche.






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jueves, 18 de febrero de 2016

Los Maquillados





Los Maquillados





La joven se encontraba dentro de un arcón antiguo de madera, escondida y conteniendo la respiración. Jadeaba y el miedo hacía que sudase copiosamente. En el exterior se oía el ruido ensordecedor de una sierra mecánica, y unas risotadas. De pronto, la puerta del arcón fue abierta. Un personaje vestido de payaso con la motosierra en la mano la vio y comenzó a reír.

-¡Te he encontrado! ¡Te he encontrado y te voy a matar! –gritaba el payaso que esgrimía una mirada que parecía que los ojos le iban a estallar en sus propias cuencas. 


 La joven se acurrucó, sacó su mano y espolvoreó esos ojos con un pulverizador de gas pimienta. Salió ágilmente del arcón y, mientras, el payaso gritaba por el terrible escozor del que no podía zafarse. Ella aprovechó para robarle la motosierra y empujarlo hacia el arcón.

-¿Qué pasó, psicópata maquillado? Parece que las circunstancias han cambiado. En realidad yo te encontré a ti. Te he buscado sin descanso, pero aquí estás, al fin.

El payaso seguía frotándose los ojos, pero se reía a la vez.

Ella no había visto a quién tenía detrás, que se había ido acercando poco a poco. El Payaso Mayor de la secta. El más grande, terrible e implacable asesino de todos. El monstruoso payaso la levantó en el aire, pero no contó con que ella era de profesión policía y jardinera en sus ratos libres, por lo que sabía manejar las motosierras como nadie. En un abrir y cerrar de ojos, y mientras ella seguía en el aire, le pasó el filo de la sierra desde la entrepierna hasta el pecho. El corazón y otras vísceras quedaron al aire. El monstruo, con expresión de incredulidad, cayó al suelo.


Cuando el payaso del arcón vio aquello, se asustó. Seguían picándole los ojos terriblemente. La joven se le acercó, mientras otros encañonaban al maquillado ser con sus armas de reglamento.

-No, déjalo Silvia, ya estamos aquí. ¿Estás bien?
-Soy una superviviente, ¿recuerdas? Estos payasos dejarán de hacer sus gracietas por un tiempo.
-El grande está muerto.
-Era él o yo.
-Está bien, no te enfades. Eres policía, hiciste tu trabajo y salvaste tu vida.
-Mi vida y la de estos otros seres –dijo mientras caminaba y abría una trampilla del suelo de la sala.


Cuando el policía abrió la trampilla un hedor insoportable ascendió y obligó al agente a otros policías que allí acudieron a echarse para atrás. Lo que vio le dejó helado: unos cuarenta  niños y niñas pululaban por el sótano, llorosos, sucios y oliendo la sangre de otras personas que allí colgaban desangrándose como terneras tras el sacrificio. Entre los colgados se encontraba la directora del centro y sus ayudantes, diez fallecidos en total. Por ellos no se podría hacer nada, pero sí por los que seguían vivos.

Silvia había salvado su vida y la de los niños. Y aquel orfanato mancillado por la sangre y la locura cerraría sus puertas.

Cuando unos días antes la directora del centro contrató a aquellos payasos para celebrar el cumpleaños de uno de los niños, no sabía a quiénes había metido en la casa. Una secta, que se hacía llamar “Los Maquillados”, que solo admitía entre sus filas a psicópatas en paro, y que aprovechaba las fiestas ajenas para cometer sus asesinatos. Los gritos que llegaban desde la residencia regularmente de un tiempo a esta parte alertaron a los vecinos, que avisaron a la policía de inmediato: algo extraño pasaba en aquel lugar.

Desde entonces, aquella gran casa de la colina dicen que tiene fantasmas, que cada noche de luna nueva pueden verse en el jardín de la fachada los espectros del Payaso Mayor y de la directora del centro peleando, motosierra espectral en mano. Él, defendiendo su locura, ella defendiendo a los niños.



Las nubes ocultan el firmamento estrellado, mientras el drama se repite una y otra vez, en un bucle sin final.

A Silvia nunca le gustaron los payasos especialmente, pero lo que sí adora desde entonces, es su envase de gas pimienta.








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jueves, 11 de febrero de 2016

Entre las ruinas



ENTRE LAS RUINAS

    

          Tras el bombardeo, la ciudad se quedó extrañamente muda. A lo lejos se veían columnas de humo que, como volutas procedentes de enormes cigarros que nadie estaba fumando, se elevaban hacia las alturas para diluirse en el espacio.
        El aspecto de la ciudad era devastador. Antes, sus numerosas calles flanqueadas por bellos edificios art-decó destacaban en cientos de guías turísticas impresas de todo el mundo, pero que en apenas unas horas se habían venido abajo, y ya no quedaban más que ingentes moles de piedra derrumbadas, restos de arte decadente que no tendrían continuidad, más que en la propia memoria de los supervivientes.



            Y esa era la cuestión. Recorrí cientos de metros desde mi derruida casa para intentar recuperar el contacto con mi familia y amigos, pero en el lapso de tiempo que utilicé en buscarlos, no me crucé con nadie. Ni un alma, ni un herido, ni un cadáver que ilustrase el horror vivido pocos momentos antes. Estaba sola, y, en efecto nunca antes había yo experimentado tal sensación en medio de la calle de una gran ciudad. Una sensación que sobrecogía. 



            Avancé, y pude vislumbrar cerca un edificio que me era muy familiar: era el Centro de Asuntos Sociales del barrio, en el cual yo trabajaba llevando el tema administrativo. Apreté el paso: tal vez allí encontrase a alguien con quien aliarme para buscar a los nuestros. Llegué a la puerta, que estaba abierta, aunque se podía acceder al edificio a través de los muros caídos. El edificio carecía de techumbre, los cascotes estaban por todas partes, y, sin pensarlo dos veces, entré.
      Y allí estaba él. Mi él. Mi compañero de años. Corrimos el  uno a los brazos del    otro, y nos fundimos en un interminable beso, sobre el sofá cubierto de polvo que aún permanecía en el centro de la sala deespera, y ese beso consiguió que, por unos instantes, olvidásemosque nos rodeaba la muerte y la devastación, y que, al reencontrarnos, el futuro era posible. 



            Aquel sofá significaba esperanza.
        
          Para todos aquellos que por causa de la guerra lo han perdido todo excepto su dignidad y la esperanza de seguir viviendo.




 


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